viernes, 2 de abril de 2010

El soldado de las artes


El soldado de las artes

Raquel Padilla Ramos


Tuve la inmensa fortuna de conocer en diciembre del año pasado al pintor yucateco Rolando Arjona, en el marco del XXV Congreso Internacional de Historia Regional, organizado por la Universidad Autónoma de Sinaloa y el Centro INAH Sinaloa celebrado en Culiacán. En esa ocasión fui invitada a compartir con el auditorio sinaloense mis investigaciones relacionadas con la participación de los yaquis en la revolución. Había preparado una presentación con diapositivas, algunas de ellas con magníficas imágenes sobre ese tema, pero no me fue posible proyectarla pues estábamos ubicados en el hermoso patio central del edificio histórico de la biblioteca universitaria a plena luz del día.

Ante la falta de imágenes, tuve que echar mano de una retórica diáfana para explicar al público cómo fue que la participación de los yaquis en la revolución, contrario a lo que parece, fue una expresión más de sus formas de resistencia. Hablé de cómo en 1911 fueron liberados de su condición de prisioneros de guerra en las haciendas henequeneras de Yucatán, para ser dados de alta en batallones que fungían en realidad como grupos de choque y amedrentadores hacia los votantes en las elecciones para gobernador. Entré en detalles de los personajes políticos de aquella época y aquel lugar, y de cómo los yaquis se las ingeniaron para sacar provecho de ese entorno tan adverso.

Desde la planta alta, recargado en el barandal, un hombre menudo y muy entrado en años dirigía su mirada inteligente e inquisidora a mi persona. Ocasionalmente fruncía el entrecejo como cuestionando mis aseveraciones y en otros momentos asentía con la cabeza. Luego regresaba a su quehacer para enseguida sumarse de nuevo al público desde su sitio privilegiado. Su trabajo consistía en hacer cálculos y trazos en la pared, mismos que desde mi localización no me era posible interpretar.

Al terminar mi exposición me acerqué a mis buenos amigos, los historiadores Laura Álvarez Tostado y Gilberto López Castillo para preguntarles quién era el señor que desde arriba me escuchaba con tanta atención. Me sorprendí gratamente cuando me contestaron que era el maestro Rolando Arjona, y que estaba allí para pintar un mural en la biblioteca central de la Universidad. La obra estaba siendo pintada a partir de elementos pictóricos preexistentes.

Ni tarda ni perezosa subí las escaleras para acceder a don Rolando. Me presenté ante él y me comentó que escuchó con atención mi conferencia pues sabía sobre los yaquis en Yucatán, y de cómo fueron llevados allá a trabajar como esclavos durante el Porfiriato. Hablamos sobre su trabajo, tanto el pasado como el que estaba realizando en Culiacán, el Códice de la Nación Mexicana. En la pared había gran cantidad de dibujos y escudos vinculados a la historia de Sinaloa, algunos elaborados por él, otros por sus discípulos, otros por gente que a él le era desconocida. No muy diplomáticamente, sobre el trabajo de estos últimos comentó la posibilidad de mejorarlo si tomaban un taller con él y permitían la transformación de sus escudos, bajo su tutela.

Arjona criticó la posición de algunos elementos gráficos, y de hecho la aparición de algunos de ellos: “No entienden que la heráldica no es para reflejar la producción económica, la heráldica es historia, es identidad”. Me explicó el significado de los trazos y del lugar donde estos se coloquen. Me enseñó también un libro de su autoría que trata sobre estos temas y me comentó la posibilidad de que fuese reeditado, cosa que lo tenía muy complacido.

Con gran pena me entero últimamente que el maestro Arjona ha presentado varios problemas de salud que no le permitirán terminar el mural en Culiacán, pero existe la posibilidad de darle continuidad a través de sus alumnos. Con casi noventa años a cuestas, la larga y prolífica producción plástica de don Rolando Arjona Amábilis está ligada fuertemente al nacionalismo posrevolucionario y a la vida social y cotidiana de México. Por un tiempo breve fue miembro del ejército, pero sus sueños estaban dirigidos al mundo de la estética.

Arjona tuvo desde muy joven una formación artística integral, de tal manera que lo podemos ver haciendo grabados, pintando al óleo o murales, esculpiendo o registrando imágenes con una cámara en la mano. Aunque ha sido multipremiado y homenajeado, escribo estas breves líneas para manifestar lo orgullosa que me siento de haberlo conocido y aprendido de él, así como para elevar un modesto homenaje hacia su persona. Su calidad artística sólo es superada, sin duda, por su calidad humana.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

martes, 27 de octubre de 2009

EN VENTA, $160 MX





ESTE LIBRO COMPILA LOS ARTÍCULOS DE DIVERSOS HISTORIADORES Y ANTROPÓLOGOS, QUIENES REALIZAN UN ANÁLISIS DE LAS RELACIONES QUE HAN GUARDADO LOS GRUPOS ÉTNICOS SONORENSES CON EL PODER A LO LARGO DE LA HISTORIA.

viernes, 28 de agosto de 2009

¡Van a asesinar de nuevo al Vicepresidente!


El siguiente artículo fue publicado recientemente en el boletín Señales de Humo del Centro INAH Sonora

Raquel Padilla Ramos
Haré cuanto de mí dependa para que… se difunda en la forma más fácil, y que la justicia sea un hecho reconocido y el firme apoyo de la paz y el esfuerzo individual, convencido como estoy, de que en el libre uso de las facultades de ciudadano se vincula su bienestar y el engrandecimiento y prosperidad del Estado, que no es sino la garantía de la libertad.
- José María Pino Suárez

Hasta donde sé, José María Pino Suárez nunca visitó Sonora, pero tiene más relación con nuestra historia que la que imaginamos. En el ocaso del siglo XIX, dio inicio una política de deportación de indios yaquis al sureste del país, en particular a la península de Yucatán. La excusa era la prolongada guerra que sostenían contra el gobierno federal por la defensa de su tierra y autonomía. En Yucatán los yaquis fueron confinados para trabajar en prósperas haciendas henequeneras, en las que niños, hombres, mujeres y ancianos yaquis conocieron el incesante trajinar del corte de pencas de henequén.
El arribo de yaquis a suelo yucateco fue permanente y constante durante la primera década del siglo XX, lapso en el que estuvieron expuestos a enfermedades infecto-contagiosas como la fiebre amarilla, a accidentes de trabajo en los cuartos de máquinas de las haciendas y a accesos de “nostálgia” o depresión que muchas veces culminaban con sus vidas por el desgano vital y suicidios. Tal situación no cambió hasta el año de 1911, cuando los aires revolucionarios en tierras del Mayab soplaron a favor de los expulsos.
A fines de mayo de 1911 el viejo dictador Porfirio Díaz marchó por el vapor Ipiranga rumbo a Europa, dejando al país sumido en una hondonada de pasiones revolucionarias que no cesarían hasta casi mediados de siglo. En el no corto proceso de dimisión presidencial destacó la figura de un hacendado coahuilense de mediana edad, Francisco I. Madero, el cual un par de años atrás había realizado una gira proselitista nacional como candidato a la Presidencia de la República.
En 1911 Madero hizo una estadía en Yucatán, mediante la cual brindó su apoyo total al candidato a gobernador del estado por el Partido Antirreeleccionista, el licenciado de origen tabasqueño José María Pino Suárez. Sin embargo, los anhelos de los yucatecos estaban depositados en la figura de Delio Moreno Cantón, avalado por el Centro Electoral Independiente.
La impopularidad de Pino Suárez en la competencia por el gobierno de Yucatán, inspiró a su gente a liberar a los yaquis de los trabajos forzados que realizaban en las haciendas henequeneras, e instalarlos en Mérida, la capital, para ser afiliados a las milicias activas y operar como paramilitares y grupo de choque con el fin de amedrentar a los morenistas. De este modo el fraude electoral se orquestó en Yucatán con el beneplácito del Apóstol de la Democracia, Francisco I. Madero.
Los yaquis recientemente liberados, armados con cuchillos y machetes, vitoreaban a Madero y Pino Suárez ante los mítines del CEI, y su sola presencia atemorizó a los votantes a la hora de acudir a las urnas. La prensa yucateca dejó huella escrita de estos sucesos, concentrados en los meses intermedios del año 1911. Pino Suárez ofreció a los yaquis, a cambio de su trabajo como acarreados, el retorno a los añorados pueblos del río Yaqui, pero esta medida no se dio bajo el halo de una verdadera política de repatriación, como sí la hubo para fraguar la deportación.
Como vemos, Pino Suárez y los yaquis entablaron un contubernio en el que ambos tenían una cuota que cubrir, y que fue lo que a fin de cuentas puso a los indios en el camino a Sonora, si no llevados por los buques de guerra prometidos por el tabasqueño, sí porque la libertad les posibilitó alcanzar su destino por su propio pie. En Sonora, hasta la fecha los yaquis mantienen vigente su lucha por la integridad de su territorio y su autodeterminación.
Pino Suárez en cambio, de la brevedad de su gobierno en Yucatán pasó a la Vicepresidencia de la República bajo el mandato de Madero. La suerte de ambos es por todo conocida: Madero y Pino Suárez fueron arteramente asesinados en los tristes sucesos de La Decena Trágica en febrero de 1913, por órdenes del general Victoriano Huerta.
Pero quien muere inmolado tiene garantizada su permanencia en la memoria de los vivos, y así sucede con Madero y Pino Suárez, presentes en las evocaciones históricas de los mexicanos como los héroes caídos de la revolución. A ambos se les recuerda en cada desfile del 20 de noviembre, y en cada calle que de México que lleva sus nombres.
Particularmente en Hermosillo una calle de vital importancia en el desarrollo histórico urbano tiene la nomenclatura José María Pino Suárez. Se trata de una vía que en el siglo XIX era conocida como calle Hidalgo y que con el encumbramiento del Vicepresidente en los anales de la historia de México, recibió su nombre. La calle Pino Suárez hoy por hoy representa una entrada trascendental de la ciudad, con significativos edificios, tanto en términos arquitectónicos como históricos y culturales.

lunes, 3 de agosto de 2009

Entre santos, templos y timadores


Entre santos, templos y timadores
Proyecto Las Misiones en Sonora


Raquel Padilla Ramos
Profesor Investigador
Centro INAH Sonora

Inevitablemente, cuando hablamos de los recintos religiosos que pertenecieron a las misiones jesuitas o franciscanas en Sonora, tenemos que aludir a la presencia del arte sacro novohispano y local, así como de la sustracción y pérdida de este a lo largo del tiempo. Estos serán los ejes sobre los que girará el presente artículo.
El proyecto Las Misiones en Sonora, perteneciente al programa de Misiones del Noroeste –creado en el INAH al arrancar el presente siglo–, pretende realizar trabajos a corto, mediano y largo plazo de investigación, difusión y protección del patrimonio misional sonorense. Entre las actividades de investigación podemos mencionar la sistematización de datos generales sobre sitios de misión, la recopilación de información sobre fiestas patronales derivadas de la evangelización misional, particularmente las de la ruta del Río Sonora, y la elaboración de artículos y ponencias temáticas.
Las tareas de difusión han marchado aparejadas de las de investigación. Mediante la base de datos señalada en el párrafo anterior, hemos podido iniciar el trabajo de señalización en la ruta misional de la Pimería Alta (o ruta de Kino). Por lo pronto, ocho ex misiones fueron beneficiadas con su cédula de información: La Purísima Concepción de Caborca, San Diego de Alcalá de Pitiquito (Fig. 1), San Antonio de Oquitoa, San Francisco de Átil, San Pedro y San Pablo de Tubutama, Santa María Magdalena, San Ignacio de Cabórica y Los Santos Reyes de Cucurpe. Esta última pertenece a la ruta del Río San Miguel, pero fue incluida en el programa señalético debido a la importancia que el padre jesuita Francisco Eusebio Kino le otorgó en su momento, allá por fines del siglo XVII.
Asimismo, hemos coadyuvado con la elaboración de miniguías para la ex misión de Nuestra Señora de la Asunción de Arizpe (Fig. 2) y para la Catedral Metropolitana de Hermosillo y hemos señalizado la ciudad de Álamos con cédulas informativas en sitios estratégicos. Si bien este último lugar no fue propiamente una misión, es considerado aún hoy día un centro religioso relevante. Prueba de ello es la riqueza de arte sacro-histórico que posee.
Derivado del proyecto Las Misiones en Sonora, surgió el proyecto Protección de Bienes Muebles Históricos en Recintos Religiosos de Sonora. Con él pretendemos inventariar y catalogar todos los objetos históricos pertenecientes a los templos antiguos de la entidad, dando preferencia a los misionales. De este modo y empleando la ficha técnica oficial de registro, el equipo de trabajo conformado por arquitectos, diseñadores, historiadores y estudiantes de la licenciatura en Historia de la Universidad de Sonora, hemos acudido a las ex misiones de San Miguel de los Ures, San Lorenzo de Huépac, Nuestra Señora del Rosario de Rayón (antes Nacameri), San Antonio de Oquitoa (Fig. 3), San Ignacio de Cabórica, Nuestra Señora de la Asunción de Opodepe y el ex presidio de San Miguel de Horcasitas para hacer levantamiento fotográfico y de datos. Los catálogos se imprimen a manera de libro y se les ha entregado un par de ejemplares a cada centro parroquial, previa redacción de una introducción monográfica sobre el sitio en cuestión.
Las labores de inventariado de arte sacro sonorense y de señalización de sitios misionales nos han permitido mantener una cercana relación con las comunidades de Sonora, aun las más serranas y recónditas. Los trabajos derivados del proyecto Misiones nos han acercado a los ayuntamientos y comisarías, con las cuales hemos creado estrategias para la protección y defensa de su patrimonio. Particularmente, han sido de gran provecho los vínculos forjados con los custodios eclesiásticos y civiles y con la feligresía de cada parroquia ex misional. Para muestra basta un botón:
A fines del año 2003, un hombre de origen brasileño, haciéndose pasar por restaurador profesional, logró que el párroco del templo de Ures accediera a darle veinte piezas metálicas (objetos litúrgicos y ornamentos), para darles un baño en oro de 24 quilates, según dijo. El timador desapareció con las piezas —algunas antiguas y otras no—, razón por la cual el sacerdote acudió al INAH Sonora para iniciar el procedimiento legal apoyado por la institución.
La suscrita había entregado el catálogo de arte sacro a la comunidad de Ures unos meses atrás, por lo que de inmediato, con las respectivas fichas técnicas en mano, interpusimos la denuncia en las oficinas de la PGR. En trabajo conjunto entre las autoridades de justicia, la oficina de economía de la Arquidiócesis de Hermosillo y personal del INAH, días y noches asistimos a la PGR para dar seguimiento al caso. Mientras tanto, los urenses realizaban oración en el templo para la recuperación de sus paramentos.
Los objetos sustraídos fueron boletinados por la INTERPOL y al robo de arte sacro en Ures se le dio cobertura en los noticieros nacionales. Poco después, se recuperaron diecinueve de los veinte objetos en un cuarto de hotel de la ciudad de Hermosillo y las piezas fueron identificadas y analizadas por el restaurador Rodolfo del Castillo y quien esto escribe, detectándose que algunas de ellas habían sido alteradas con pintura barata. A una custodia le faltaba además una piedra circón.
El artefacto que faltaba era un cáliz antiguo, posiblemente de finales del siglo XVIII o principios del XIX, de plata sobredorada y hechura sencilla. A los pocos días, el fugitivo fue capturado en la ciudad de Chihuahua con el cáliz empacado y rotulado para una casa de subastas en Nueva York. Mientras el timador era procesado por la justicia chihuahuense, el director del Centro INAH Sonora, a la sazón Carlos Villegas, contactó a la directora del Centro INAH Chihuahua, Elsa Rodríguez y al Secretario canciller de la Diócesis de Chihuahua, Pbro. Guillermo Serrano, con el fin de recobrar la pieza. Antes de terminar el año 2004 el cáliz ya se encontraba nuevamente en el uso litúrgico del templo de San Miguel de los Ures.
Fue esta, sin duda, una historia de éxito para el Centro INAH Sonora y para la comunidad de Ures, y prueba de que los catálogos de patrimonio histórico misional son un noble instrumento de identificación y análisis. Pero sobre todo, la recuperación de las piezas sacras robadas en Ures nos habla de que la salvaguarda del patrimonio histórico y cultural rinde mejores frutos cuando se conjugan los esfuerzos de todas las partes involucradas. Deseamos vehementemente que todas las historias de robo de arte sacro culminen con un desenlace similar.